En general la RSC de las grandes corporaciones (públicas y privadas) tiene más de maquillaje que de intención de cambio pero, como suele suceder, a veces las pequeñas puertas dan paso a grandes habitaciones.

Este proceso resulta especialmente interesante en los nuevos gigantes de la economía porque escenifican con bastante claridad el desfase que se está produciendo entre la revolución de los modelos de negocio (que se basan o imponen en nuevas formas de vida, ocio y trabajo) y el necesario cambio cultural que necesita mucho más tiempo.

“Hay ciertas tecnologías que es verdad que van a toda velocidad, como las redes sociales. Otras, cuando afectan a elementos esenciales y culturales de nuestra vida, toman mucho más tiempo.  Las tecnologías que avanzan más rápido son aquellas que a corto plazo no sustituyen a nada, a pesar de que puedan hacerlo a largo, como el discurso inicial de móvil frente a teléfono analógico”

A raíz de la “trifulca” en torno al viralizado documento en el que un empleado de Google critica las políticas activas de la compañía encaminadas a promover la diversidad y, centrándose exclusivamente en la discriminación por género, se desató la tormenta en las redes. Las reacciones, a favor y en contra, están muy bien documentadas en el artículo de Enrique Dans, pero lo destacable es su reflexión tras la exposición de los hechos.

Según explica Dans, el autor del documento reivindica su derecho a la libertad de expresión y acusa a Google de represión para atenerse a lo “políticamente correcto“. Y probablemente tiene razón, sólo que hay caminos que cuando se inician, aunque no haya sido por las razones de fondo correctas, ya no tienen vuelta atrás.

Lo interesante de todo esto es saber, y querer, leer más allá del ruido y lo obvio. Es la única forma de reflexionar para poder formar opinión… y actuar. Por eso me ha gustado la reflexión que añade Enrique Dans y me dejo como anotación este extracto de su artículo Sociedad, tecnología y discriminación, con algunas negritas de cosecha propia.

Cualquier diferencia en términos de diversidad entre la plantilla de una compañía y su entorno refleja un problema. Si una compañía, por las razones que sean, tiende a atraer a una cantidad significativamente menor de un género, una raza o un grupo determinado que la que existe en el entorno que la rodea, eso constituye automáticamente un problema que debe ser tenido en consideración y corregido. Por supuesto, eso no debe ser interpretado al pie de la letra o al decimal exacto, pero sí debe serlo como indicador. ¿Es obligación de una compañía asegurar que sus trabajadores constituyen una representación coherente de la diversidad de la sociedad? No como tal, pero sí lo es el entender que si no es así, es porque existe algún problema que lo impide, y ese problema debe ser corregido. Las compañías sanas reflejan la diversidad de su entorno, y si no es así, es porque hay razones que lo impiden que es preciso estudiar y corregir. Refugiarse en teóricas razones biológicas o culturales, en cuestiones hormonales o en supuestas afinidades del cerebro de un género o de una raza determinada con un tipo de tarea concreta es algo completamente tóxico, absurdo, trasnochado, falso, y sobre todo, injusto.

No, el que haya pocas personas de un género o de unas razas determinadas en puestos de desarrollo de software, en posiciones directivas o de otros tipos no tiene nada que ver con cuestiones codificadas en el genoma, en el cerebro o en las capacidades: son, por el contrario, señales evidentes de una discriminación que puede y debe corregirse. No con tópicos, no con gestos, no con palabras, sino con actitudes claras, decididas y específicas en el sentido correcto. Quien no haga nada y prefiera entender esas actitudes como “reflejo de una sociedad” o como supuestas “cuestiones biológicas” escoge conscientemente convertirse en cómplice de esa discriminación, con todo lo que ello conlleva. O debería conllevar.

No estamos ante una cuestión menor: estamos ante un problema fundamental, erróneamente asentado en las sociedades desde hace siglos, que todos deberíamos luchar por corregir. Sin medias tintas, sin refugiarse en tópicos. Sin excusas.

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