El martes 21 realizamos un pase de la película para la comunidad educativa en el Museo Pedagóxico de Galicia, auspiciado por la Consellería de Educación e Cultura y con la presencia del conselleiro, Xesús Vázquez Abad. En estos días no tuve muchas oportunidades de pararme a analizar lo sucedido (subiré algo de lo grabado lo más rápido posible), pero acabo de rescatar ahora esto de un breve intercambio de correos con Juan Granados.

Para mi gusto fue un pase absolutamente excepcional, (…) nos regaló ese momentazo con Eva, que yo me veía venir mientras estábamos allí de pie. Creo que, una vez más, se ha dado un paso muy interesante al darles la posibilidad de enfrentarse al público (a la gente), y responden de una manera que a mí mismo me sorprende. No se trata sólo de que salieran al estrado: respiraron el respeto durante la proyección.

Por otro lado, los comentarios de varias personas que ya la habían visto resultaron bastante asombrosos. Personalmente me cuesta considerar qué es lo que la gente ve o deja de ver en la película: yo sé que planos contienen información física, pero también soy consciente de que son casi imperceptibles. Las opiniones de estas personas que repitieron me demuestran que finalmente está todo en su lugar, y que tras un primer visionado acepta un segundo en el que está toda esa información paralela. Vamos, que un gustazo!

Ese momentazo de Eva al que me refiero fue muy sencillo, muy directo, muy concreto: lloró. Me separaba de ella Miguel mientras Álvaro, presidente de Aspronaga, estaba hablando. Llevaba un buen rato mirándola y sabía que algo raro había, pero no podía aventurar el qué. Inmediatamente intenté darle el micro para que hablara, y ahí mismo rompió a llorar.

Uno de los aspectos a los que siempre le di más relevancia a la hora de plantear la película fueron los espacios. Los espacios son lugares, pero también una parte muy importante de aquello que nos define: podemos estar encerrados en ellos, pero también tendemos de manera natural a buscar nuestros refugios. En realidad con Máscaras eliminé esta última opción: construí una especie de búnker del que no se pudieran escapar fácilmente. Durante muchas semanas lo habitaron y, finalmente, pasó lo que tenía que pasar: se convirtió a su vez en un refugio. En los siguientes espacios de rodaje ellos ya eran los amos (su propio entorno de trabajo), y ya solo quedaba un paso más: allí donde se vieran los resultados.

Con Calcetin(e)s nunca vimos algo así, aunque es aquello de lo que ellos tienen que sentirse más dueños. Con Máscaras sólo habíamos tenido una oportunidad previa de verla con ellos, y era también su propio redescubrimiento como protagonistas de una película que iba más allá del corto, lo que sin duda influyó en cómo afrontaron el verse expuestos ante una sala repleta de gente que iba a verlos. Esta vez era distinto: la memoria, el recuerdo, había hecho su trabajo durante todos estos meses. Tú puedes recordar momentos de tu pasado, pero probablemente nada te prepara para que te lo cuenten en imágenes siendo protagonista.

Durante todas aquellas semanas de grabación tuve muchas oportunidades para aprender a mirarlos. Puedes haber aprendido a observar para realizar tu trabajo, pero mirar es otro rollo: como quien cuenta los ciclos de las olas para que no le pille la marea, empiezas a conocerte los gestos y anticipas cuando puede estar a punto de suceder algo. Mirando a Eva este martes sabía que algo iba a pasar, pero no el qué. Cuando luego nos explicaba el motivo de sus lágrimas creo que todos tuvimos un asalto del respeto más profundo imaginable: se emocionó de que hubiera personas que se interesaran por ver lo que hacían durante hora y media, y de que luego estuvieran valorando en alto sus esfuerzos durante el coloquio. En el fondo me aterra pensar que esas lágrimas se debieran al hecho de sentirse una más, algo que siempre tendría que haber sido.

Publicación original: enimaXes

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